En el estadio de Arroyito muchas
veces el lector habrá encontrado en uno de los puestos de control
a Pablo Molina.
Llegó en 1908 a Rosario Central y jugó en la 3ª división, ascendiendo
ese mismo año a la categoría superior, vistiendo la casaca auriazul
hasta 1918 en que pasó a Gimnasia y Esgrima por razones que no es
el caso comentar en este momento.
Pablo Molina fue siempre delgadito, y en aquella época en que el
fútbol se jugaba haciendo alarde de más coraje que en la actualidad,
el defensor de Rosario Central tuvo que hacer uso de recursos de
habilidad para sobreponerse a la violencia de los más fuertes.
Era tan puro el estilo de Pablo Molina que él resultaba incapaz
de tomarse desquite del rival que procedía en forma enérgica.
Pero estaba bien respaldado. Un día actuaban contra Provincial y
Fontanarrosa jugada tras jugada lo mandaba a Molina fuera de la
cancha y éste, entonces, casi llorando y teniendo en cuenta que
era poco menos que un chiquilín le decía a Ignacio R. Rota:
-¡Che, gordo, miralo!... Me está pegando...
Y entonces Fontanarrosa tenía que aguantar de parte de Rota, lo
que él le hacía a Molina.
En 1912 Pablo Molina integró el
combinado Argentino que jugó con los uruguayos la Copa Newton en
el estadio de Rácing Club. Integraban los equipos los siguientes
jugadores:
Argentinos: Wilson; Brown y Brown, Chiappe, Russ y Molina; Watson
Hutton, Susán, Hayes, González y Viale.
Uruguayos: Saporiti; Apesteguy y Benincasa; Pacheco, Durán y Foglino;
Módena, Dacal, Piendibene, C. Scarone y Romano.
El resultado fue un empate en tres goles.
Al año siguiente, dividido el fútbol argentino, Pablo Molina formó
en el cuadro de la Federación Argentina que jugó con la Federación
Uruguaya en Montevideo perdiendo por 5 tantos contra 4.
El último match internacional jugado
por Pablo Molina fue hace 20 años, en el estadio de Gimnasia y Esgrima,
frente a los uruguayos que ese día perdieron por 4 tantos a 1.
Cumplió Molina una notable actuación, pues encargado de custodiar
la pareja que formaban Gradín y Pérez, consiguió anular por completo
al famoso Isabelino que en aquella época estaba aún en pleno apogeo.
Modesto, alegre siempre a pesar que la fortuna no le ha sonreído
como se lo merecía, estar charlando con Pablo Molina recordando
tiempos pasados es una cosa agradable pues es pintoresco en sus
expresiones, como buen criollo, y precisamente su picardía y vivacidad,
y un estilo característico, fueron las causas primordiales de su
triunfo y consagración en el fútbol de la época de oro.