EL CLÁSICO "RINCONCITO"
DE FUGGINI.
Hace algunos años, cuando alguien quería
encontrarse con lo más granado de Rosario Central, iba hasta la intersección
de las calles Salta y San Nicolás. Allí, en un bar ubicado en una casa
que hoy ha sido demolida, solían reunirse los más fervientes simpatizantes
de los colores auriazules para alternar con las figuras más sobresalientes
de la institución. Cuando la victoria correspondía a Rosario Central,
ese rincón rebozaba de alegría, mostrándose animado más que nunca y todos
los habitués se entregaban a las más distintas manifestaciones de júbilo.
En tanto que eso ocurría, detrás del mostrador, la figura patriarcal de
don Venancio Fuggini, el propietario del negocio, se contagiaba de ese
entusiasmo y la copas que servía parecían tener mejor sabor que otras
veces. Es que el ambiente imperante era centralista al cien por cien.
Y allí se festejaron muchos triunfos auriazules. Se festejaron como correspondía
hacerlo por la importancia de los mismos; ya que ellos iban apuntalando
los prestigios del club que tan adentrado está en el corazón del pueblo
rosarino. Desfilaron por el bar de don Venancio, los jugadores de las
más diversas categorías que defendieron la gloriosa casaca azul y oro,
los que por no reunir condiciones para hacerlo, le brindaron su aliento
desde las tribunas y los que iban en busca de un lugar propicio a sus
manifestaciones de solidaridad para con todo lo que llevara el sello de
Rosario Central.
Hoy, que ese rincón amable ya no existe, muchos son los que lo recuerdan
con cariñoso fervor. Quienes fueron partícipes de las reuniones que en
él se celebraban, se lamentan de que haya desaparecido y de que los partidarios
del club no tengan un sitio determinado en el que puedan explayar más
a gusto sus simpatías, tal como lo hacían cuando allá en Salta y San Nicolás
comentaban los triunfos o derrotas centralistas, entre copa y copa servidas
por el inolvidable don Venancio, que con su sonrisa bonachona poníase
a tono con el ambiente y sabía granjearse las simpatías de los que lo
trataron.
DON
VENANCIO
En aquellos tiempos, antes de que el club hubiera trasladado su local
social al centro de la ciudad, el negocio de Fuggini era como otra secretaría
de Rosario Central.
Llamadas telefónicas, reuniones extras, citación a jugadores, consultas
sobre resultados o prácticas, todo ello se formulaba en el almacén de
Don Venancio.
Pasó la entidad por algunos momentos financieros sumamente difíciles mientras
que Fuggini no podía quejarse de la marcha de su negocio, y entonces era
cuando bajo firma, o con dinero, los jugadores adquirían sus botines de
fútbol que luego abonaban en cuotas.
Así fue de bueno y desinteresado. Era, y lo sigue siendo, un centralista
de corazón. Su hermano, Juan Fuggini, recientemente fallecido, fue jugador
del primer equipo de Rosario Central.
Quizás nunca se sepa y se diga todo lo que Don Venancio Fuggini hizo por
el club.
Pero lo cierto es que no hay crack o socio de la guardia vieja que no
tenga para él los más gratos recuerdos, como lo tenemos nosotros, periodista
de hace muchos años, y que sabemos como vivió Fuggini los buenos y malos
momentos del club.
EL BUEN HUMOR AURIAZUL
Alpisteros y Ley Seca
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Se anunciaba
que "alpisteros" y "Ley Seca" iban a disputar
un match de fútbol y la cancha se llenaba. Esos dos equipos, formados
con socios, jugadores y dirigentes de Rosario Central, cada año
celebraban esos cotejos y en ellos se fomentaba la familiaridad,
esa familiaridad que tanto ha predominado entre la gente auriazul.
No eran en realidad, excelentes demostraciones de fútbol. No lo
podían ser, por cuanto la vestimenta de los participantes y el buen
humor de que se hacía gala, no le permitían y eso que pudo muy bien
denominarse "parodia de un match de fútbol", era el motivo
para que luego de ella, se hicieran los debidos honores a un suculento
almuerzo criollo, donde abundaban las empanadas, el asado apetitoso
y el tintillo tentador.
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Uno de
los equipos que disputaban los pintorescos encuentros matutinos.
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Los que integraban los equipos se divertían
de lo lindo y el público que llenaba las tribunas participaban de esa
alegría. El score no interesaba, porque más de una vez los goles no se
contaban. La cosa era pasar el tiempo de la mejor manera posible, dando
rienda suelta al sano espíritu y al cabo de la jornada, todos iban de
boca al lugar donde se ponía punto final a la fiesta.
Los tiempos modernos hicieron que esa costumbre que era tradicional entre
la gente de Rosario Central, fuera desapareciendo, con el consiguiente
pesar de quienes disfrutaban de ella y hoy sólo queda el recuerdo de aquellas
fiestas que bien podrían repetirse en adelante.